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¡Se me olvidó!

Los olvidos son normales a todas las edades y con más frecuencia después de los 40. Pero siendo esto normal y sabiéndolo todos, ¿por qué las personas no aceptan, que no hicieron algo, porque se les olvidó hacerlo, en un momento determinado? Y cuando se les pregunta sobre el resultado y no lo tienen, en lugar de decir “¡se me olvidó!”, empiezan a rebuscar excusas o la forma de ponerle la culpa a otros.

Y lo peor es que, aunque saben que realmente se les olvidó, terminan por creerse la excusa y dan por resuelta la situación.

¿Y cuál es el resultado final? Además, que las cosas no se hicieron, sin darse cuenta pierden una gran oportunidad de aprendizaje automático cuando se reconoce el olvido. Si en su mente se queda grabada la posibilidad que, si se les vuelve a olvidar algo, de esa forma lo resolverán, el cerebro se acomoda a esa condición, y seguramente, se le volverán a olvidar los mismos y otros detalles en el futuro.

Lo mismo cuando se comete un error y no se reconoce. Es como cuando al barrer se esconde la basura debajo de la alfombra. Como por sí sola no se quitará, alguien la descubrirá y al final se sabrá quien fue.

El que actúa así con los olvidos y los errores, realmente pierde su libertad y queda preso de la culpa que le puso a otro, de la falsa excusa que no le creyeron y su credibilidad frente a otros.

Una forma sencilla de aprender, la más efectiva, es reconocer los errores y humildemente disculparse o pedir perdón. Pero hay personas que dicen: “¿Yo, disculparme?, ¡no, hombre, no!”, Como si disculparse o pedir perdón fuera algo tan terrible. Cuando uno se disculpa, además de aprender asumiendo la falta, se libera uno de la mentira.

Todo el mundo cometemos errores y a todos en algún momento se nos olvida algo.  “Se me olvidó”, “me equivoqué”, “la regué”, “metí la pata” y otras un poco más coloquiales, son las expresiones con las que humildemente se asume la responsabilidad de lo que no se hizo, o por hacerlo fuera de tiempo y con prisas, se hizo mal.

En un reciente mensaje nos dijo el Papa Francisco: “No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de unos a otros. Nos decepcionamos los unos a los otros. El perdón es vital para nuestra salud emocional y sobrevivencia espiritual”. Y yo creo que esto, por seguir siendo humanos en nuestros trabajos, también sucede en nuestras relaciones profesionales, tenemos que asumir la posibilidad de olvidos y cometer errores y que otros los cometan.

El sabio refranero también nos enseña: errar es de humanos, perdonar es divino y rectificar de sabios. El único hombre que no se equivoca es el que no hace nada. El hombre que ha cometido un error y no lo corrige, comete otro mayor.

Por eso, lo mejor, cuando se olvide algo o cometa un error, reconózcalo abiertamente: “¡Se me olvidó!”, “¡Me equivoqué!”. Quedará mejor que si alega que estaba ocupado, porque todos estamos ocupados, o les pone la culpa a otros. ¡Además, su cerebro se lo agradecerá porque no le coarta su libertad!

Pedro Roque

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